Crónica internacional. Brasil

El ojo del huracán en Brasil. Algo inédito dentro de sus fronteras aunque también y, paradójicamente, algo previsible. El cambio de ideas en el país ha sido una cuestión que ha incitado a un grupo, relativamente pequeño (cuatro mil personas), a rebelarse.  El indicio de esto comienza desde la asunción de Lula como nuevo presidente de Brasil justamente en un momento político donde los ciudadanos estaban ante las reglas de un partido ultraderechista. Y así, sin más, aunque resulte increíble pero cierto,  precipitar una intervención  militar por parte de fieles seguidores del antiguo presidente. 

Cuidado con eso de ser fieles a algo, te lleva a estar en tus trece de generar un alboroto y no de chiquillos. La idea de movilizar gran parte de la “sociedad civil”, conquistar, como dirían en batallas que acabaron con la palabra y la convicción, y tumbar al gobierno. Y lo vuelvo a repetir, así sin  más, como el que no quiere la cosa, sucede. Y te quedas mirando el televisor pensando: “otra vez está pasando”. La justificación para que no nos sorprenda es clara: unos sucesos que se han convertido en puro reflejo. 

Se repite la historia una y otra vez. Y la reacción que tenemos es, tal vez en algunos casos, indiferencia. Esta revuelta bolsonarista guarda notable similitud con lo acaecido hace dos años en el Capitolio de Estados Unidos. Objetivo, el mismo: demostrar que un grupo decidido puede apoderarse a voluntad del lugar donde se cuece los tres poderes del Estado. Todo esto seguido de que dichas ideas maduren, las fuerzas armadas intervengan y no para conseguir el poder, sino para dictaminar que se debe hacer en él. Por tanto, abrimos nuevo capítulo en la sociedad, en el que se repite situaciones de nuestro pasado y con la posibilidad de entrar en un arbitraje militar.

No soy analista ni politóloga para poner en valor a ciencia cierta lo siguiente . Pero tal vez, esto se genere en unos sistemas políticos con déficit democrático que acaban combinados con otros factores capitalistas y asuntos internacionales que siguen activos. Pero si tengo una cosa clara para conseguir desactivar, políticamente hablando, esta bomba me trasladó totalmente a aquel discurso que nos regaló Unamuno, donde las palabras, el diálogo y la comprensión debe estar por encima del orgullo.